La fachada del templo resplandecía bajo el sol, y las campanas repicaban con fuerza, anunciando una misa especial. Ella subía los escalones cuando un sacerdote mayor, con una mirada seria y el ceño ligeramente fruncido, la detuvo justo antes de cruzar el umbral.
—Lo siento, señorita —dijo el sacerdote, levantando una mano para bloquear su paso—, pero no puede entrar sin sujetador.
Sorprendida, la joven levantó las cejas y respondió con firmeza:
—¿Sin sujetador? Pero… ¡tengo un derecho divino a estar aquí!
El sacerdote, sin inmutarse, la miró de arriba abajo y respondió con un tono seco:
—Y también tiene un izquierdo divino, señorita, pero eso no cambia las normas.